De qué va esto

cuentos de pájaros


miércoles, 29 de febrero de 2012

Un mirlo en la ciudad

Aquel era un día de hielo y nieve. Tal vez por ello se encontraba muy desorientado. Así que para evitar la amenaza de la inminente congelación decidió volar en dirección que sea lo que dios quiera. Sorteó valles y montañas en tiempo récord. Pero la temperatura seguía bajando varios grados bajo cero. Nunca había conocido tanta gelidez con tan premeditada traición.

Con el vuelo consiguió, por fin, entrar en calor al tiempo que pudo observar, algo más cerca del infinito, una ciudad. Entre el temor prudente y la curiosidad que le podía, decidió acercarse para ver de cerca el desconocido paisaje al que se enfrentaba. Voló por calles, edificios, jardines, chimeneas, coches, fábricas, hasta llegar a un pequeño río que parecía ajeno a tanta voracidad y locura.

Allí paró al fin a descansar. Era un buen momento para tratar de asimilar todo lo que había visto, lo que estaba viendo. En todo el viaje apenas se había cruzado con animal alguno, salvo en el lugar donde estaba ahora. En los árboles que crecían al amparo de aquel hilo de agua vivían aves por él conocidas: ruiseñores, mosquiteros, gorriones, carboneros y verdecillos. Ningún congénere a la vista. Es normal, pensó, no me imagino a ninguno de los míos soportando tanta estridencia.

Envalentonado y tal vez animado por el menor rigor del clima, decidió pasar allí algunos días. Hizo amistad con la mayoría de las formas aladas con las que convivía. El alimento era abundante y por el momento no había advertido la presencia de enemigo alguno. Paradójica situación, demasiada tranquilidad en un lugar inmerso en una plúmbea urbe.

Incluso se atrevió a indagar entre los jardines de la ciudad. Eso sí, amedrentado por coches y personas. Aquel día de excursión casi pierde la voz, su costumbre de chillar al apercibir la presencia de un posible peligro le llevó a estar todo el día vociferando. Además, para qué, ninguno de los suyos estaba allí para agradecérselo. Así que decidió cerrar el pico, de esta manera también podía pasar más inadvertido.

Desde ese día, el mirlo común convive entre nosotros. Algunos, los más valientes, siguieron sus pasos. Dejaron atrás el bosque y el matorral serrano para seguir los consejos del avezado ejemplar, tan agradecido y confiado que ya llega a compartir los frutos secos con los paseantes dominicales.

Dibujo: vertebradosibericos.org

lunes, 27 de febrero de 2012

Patos cucharas en los Sotos de la Albolafia

Bueno, bueno, este río nos sorprende cada día. Hablaba ayer, en dominical paseo, con un profano aviar  al que trataba de contarle algunas curiosidades de los pájaros que al unísono íbamos viendo. Él me preguntaba si después de tantos años no me cansaba de seguir mirando siempre los mismos sitios. Le respondí que uno de los encantos que tiene la observación de aves es precisamente la sorpresa, el no saber nunca qué te vas a encontrar. Al instante hilé una parrafada rememorando las gloriosas jornadas de los años ochenta, época en la que llegamos a catalogar hasta 120 especies, algunas de ellas anátidas: silbones, cucharas, cercetas, frisos…

Hacía tiempo que un servidor no veía un pato cuchara en los Sotos de la Albolafia, como también sucedía con el zampullín chico objeto de una entrada en este blog. Y precisamente hoy, lunes 27 de febrero, he visto un grupo de 12 individuos (5 machos y 7 hembras) moviéndose por la lámina de agua más extensa de los Sotos, desde el molino de Enmedio hasta casi el puente de San Rafael, lugar donde también campan los cormoranes. Allí han permanecido todo el día, al menos hasta que la oscuridad me ha impedido ya verlos.

Me llena de orgullo y satisfacción, como diría su Majestad, comprobar que tan peculiares patos todavía se dignan a visitar este trozo de naturaleza urbana. Agradecido quedo por su cortesía.

Foto: Juan Aragonés

sábado, 25 de febrero de 2012

Mosquiteros, la microbiomasa del Guadalquivir

En invierno se cumple siempre la fórmula matemática: arboleda + río = mosquitero común. Estos incansables pájaros, después de recorrer chorrocientos kilómetros, se instalan por estas latitudes para pasar la época fría entre nosotros. El río Guadalquivir es, por estas fechas, una escuela de mosquiteros.

La vegetación que ha invadido el meandro de Martos se ha convertido en un verdadero mosquiteral. Estos bregadores de pequeño tamaño se erigen en los dominantes de las observaciones ornitológicas que se registran en una jornada de pajareo. No es que lleguen al hartazgo, pero casi, y claro, no hay que desdeñar nunca una observación no vaya a ser que cuele un pájaro moscón, un pechiazul o cualquiera de esos pájaros invisibles ligados a lo palustre.

El año pasado, sin ir más lejos trincamos allí, cerca del molino, una buscarla pintoja, así que cualquier otra sorpresa puede aparecer cuando menos lo esperas. Tan sólo se trata de paciencia, mucha suerte, buen oído, y por supuesto un arte fuera de lo común para identificar en un milisegundo la súbita aparición de cualquiera de este tipo de pájaros: zarceros, mosquiteros, carriceros, buscarlas, carricerines…

viernes, 24 de febrero de 2012

Nutrias y teleras

Me lo habían dicho y no me lo podía creer, pero ayer por la tarde lo pude comprobar por mí mismo. La gente se concentra por las tardes donde estaba el hombre río para echarle de comer pan a las nutrias. Barras, vienas y teleras vuelan hasta caer en el agua, ¡plaff!, para de inmediato aparecer carpas del tamaño de un Land Rover que, como cada tarde, acuden a tomarse su ración diaria de gluten. Así están.

¿Quién tiene más curiosidad, las nutrias o los paseantes?. Aquellas, con inusual descaro, posan en la orilla y miran al personal, atentas, esquivando las teleras, no vayan a acabar en un centro de recuperación, descalabradas. Por su parte, los viandantes, la mayoría chandalseados, se esfuerzan en sacar espectaculares imágenes de los mustélidos con el móvil. Alguno terminará en el río.

¿Acabarán también comiendo móviles?


Pájaros empadronados

Me escribió el otro día mi amigo Curro muy preocupado. Llevaba varios días sin dormir porque no alcanzaba a comprender qué está pasando con los pájaros: posaderos de garcillas en farolas, lavanderas blancas durmiendo en cualquier jardín, andarríos como gorriones, gaviotas que te quitan el bocadillo, cárabos que comparten con nosotros el césped, abubillas que no quieren migrar… Y es cierto, los pájaros se están humanizando poco a poco, no sé si por la actitud humana, cada vez menos cafre, o por una adaptación alimenticia y comportamental que es ventajosa para su supervivencia. Más bien será lo segundo.

Recuerdo que en mis comienzos naturalistas era prácticamente imposible ver un mirlo común en la ciudad. De hecho, aún recuerdo el primero que vi. Fue en el Parque María Luisa, Sevilla, y me faltó poco para redactar una nota breve y publicarla. De inmediato me di cuenta de tamaña tontería porque los mirlos habían tomado la ciudad hispalense. Al poco tiempo hicieron lo propio con la nuestra. Hoy día convivimos con estos túrdidos, como si fuera habitual, pero nunca lo ha sido. En eso hemos ganado.

En el parquezúzculo que hay al lado de mi casa veo verderones, verdecillos, carboneros, jilgueros, herrerillos, mitos, colirrojos, mosquiteros, currucas, lavanderas, buitrones, estorninos… pequeñas alegrías para una ciudad que continúa ciega a los otros habitantes.

Hará que estar muy pendientes a estos cambios en el comportamiento de las aves, registrarlos y comunicarlos a la comunidad ornitológica. Estamos en una época de cambios, y la visión optimista de la vida nos dice que éstos son siempre buenos. Al menos, los pájaros, con su nueva actitud más cercana, nos alegran la vida un poco más. Bienvenidos, pues.


martes, 21 de febrero de 2012

De avutardas y avutardos

¡Eh!
¿Qué?
¡Allí!
¿Dónde?
¡Mira!
¿Qué es?
¿El qué?
Aquello
¡Avutardas!
¡Anda ya!
Que siii
¡Son sisones!
¿El qué?
¡Sisones!
¡Agárrame…!
Gracioso…
Hay 15
¿Sisones?
No, avutardas
No las veo
Allí arriba
Ah, ya
Machos
No, no
Que si
Son hembras
Machos, como yo
Menos lobos
Claro, tú…
Tú, qué
En fin…
No, ¡habla!
Dejémoslo
Cobarde
¿Yo?
No, el macho
Anda, calla
Aquel macho
¿Cuál?
El primero
Es verdad
Se va
Ha perdido
¿El qué?
La pelea
¿Con quién?
Con otros
Como tú
No empieces
¿Es que te vas?
Jamás
Pues yo si
Normal
Adiós
¡Espera!
Venga, sube
Gracias
De nada
¿Amigos?
Bueno
¿Un beso?
Vale

domingo, 19 de febrero de 2012

Un zampullín chico en los Sotos de la Albolafia

Todos somos autómatas. Si, suena feo, ya lo sé, pero cómo calificar si no nuestro ritmo de actividad: levantarse, ir con los ojos pegados al trabajo (el que lo tenga), currar todo el día, hacer algo de labores domésticas, sofing y a chorrear baba antes de ir como un zombi a la cama. Cada parte del proceso de automatización también tiene el suyo propio. Veamos. Ir a currar supone coger el coche, poner la radio, escuchar la misma crónica, padecer el tráfico, pararse siempre en los mismos semáforos, sufrir la búsqueda de aparcamiento y, por fin, llegar in extremis a fichar.

Mi cotidianidad pasa por ir en bici, y todas las mañanas sortear el río. Es un lujo, ya lo sé. Me permite incluso hacer un microseguimiento de la fauna madrugadora. Todos los días está allí la garza real, los cormoranes volando, inquietas pollas de agua, los acoplados ánades reales, y algunos días se digna a hacer su aparición el calamón. Desde hace un par de semanas, una novedad parece haberle cogido gusto al lugar, un zampullín chico que, sin pretenderlo, contribuye a alegrarme la mañana. ¡Con qué poco se conforma uno!.

Hacía muchos años que no veía uno de estos Podiceps en los Sotos de la Albolafia, y cuando digo muchos, quiero decir muchos. Si mi memoria no me falla, que no es lo normal, me remonto a los censos de principios de los noventa. Esto no quiere decir, por supuesto, que este pájaro haya estado desaparecido en la zona durante todo este tiempo, simplemente, que yo no lo he visto. En aquellos años había más diversidad patiforme; aún conservo la imagen de los cucharas, silbones, frisos e incluso cercetas. Es más, no olvidaré nunca la figura del ganso del nilo, que durante no pocos días decidió vivir en el río, hastiado de tanta visita en el zoológico.

viernes, 17 de febrero de 2012

20.000 gaviotas ¿dónde irán?


Siempre que veo las gaviotas me acuerdo de Duncan Dhu, un grupo que se hizo famoso con varias canciones pegadizas que caló entre los adolescentes de la época. Con la gaviota también podría acordarme de otra cosa, pero creo que es mejor que no ¿para qué?.

El caso es que la otra mañana me amaneció subiendo la cuesta de los Visos, y allí, una interminable línea alada dominaba el horizonte. Al principio no veía muy bien de dónde procedía. Minutos más tarde comprobé que volaban en dirección Almodóvar-Villafranca, o algo así. Al menos eso fue lo que el sentido de mi orientación indicaba.

No se veía muy bien qué pájaros eran aunque me lo imaginaba. Al acercarme atravesé la línea de emplumados y pude confirmar mis sospechas. Gaviotas por un tubo. Continuando de camino a Málaga, otro barullo aviar dominaba los gramineados cerros, próximos al vertedero del Lobatón. La nube era ya imposible de contar.

Y me vino a la cabeza el censo que hicimos en el año noventa en el antiguo vertedero. Apostados en los cerretes cercanos fuimos contando, como pudimos, los bandos que por la tarde se iban a dormir a los embalses de la sierra: Breña y Puente Nuevo. Se estimaron 20.000 sombrías, cifra nada despreciable que Juan Aragonés y Enrique Triano publicaron en Ardeola.

No tengo ni la menor idea de las gaviotas que vi esa mañana de febrero. Tal vez sería bueno pegarse un madrugón, otro más, y con un grupo de gente dejarse los ojos contando puntitos. Lo cierto es que hacía años que no observaba tanto gavioto por aquí.

lunes, 13 de febrero de 2012

El pájaro de invierno

Me niego a despertarla. Todavía es muy pequeña y quiero que aproveche, como yo hice, las somnolientas mañanas dominicales. Aquella mañana, además, hacía un frío de esos de pelar rábanos, así que razón de más para que siguiera conversando con su almohada. Fuera, el viento recordaba su existencia, al tiempo que el rocío prometía hacerse valer un día más.

Ya eran las diez de la mañana y yo no quería ni moverme para no despertarla. Me encanta mirarla de cerca, aunque ya con la necesidad que imponen las gafas. Su trabada respiración delata su presencia durante toda la noche, también su calor, y siempre, su imposible movimiento que evita a toda costa cualquier suerte de ropajes.

Nos esperaba un día de pajareo, sí, otro más, pero como si de la primera vez se tratara, el nervio se sigue clavando en la boca del estómago, arrastrando con él el desayuno reciente, galleteado las más de las veces. En esta ocasión el reto era… ninguno, el de siempre, a ver qué sale. Ningún atractivo añadido, pues, en la frecuentada campiña serrana, aunque uno de los mayores encantos de estos bichos es la sorpresa. Siempre puede aparecer algún intruso que se ha perdido, haciendo caso a un instinto tal vez equivocado.

Así que, sin pisar el polvo del camino, reptamos dando cochazos de un lado a otro. Ni siquiera teníamos la gallardía de abrir las ventanas. Con el gélido vientecillo, el mocarral se columniza de inmediato y los pabellones auditivos pierden su función. Así que la mejor opción era tener bien limpias las ventanillas.

Alondras, cogujadas, calandrias, trigueros, bichos, todos ellos, muy parecidos para el profano, y más para una niña. El aliciente inicial iba, poco a poco, perdiendo su gracia, a veces salvada por los llamativos bandos de grullas o por los fugaces bandos de chorlitos. Así toda la mañana hasta que, sin darme cuenta, tuve que dar un frenazo en seco.

-Papá, allí. Señalaba la pequeña con una irreconocible emoción.

Delante, un par de avefrías parecían ajenas a nuestra presencia. Una primera mirada ansiosa nos llevó a reconocer sus cuerpos, el plumaje iridiscente de sus alas, el mechón de plumas de la cabeza, su contrastado color. No esperábamos deleitarnos tanto; allí posaron un tiempo record, inusual para lo que nos tienen acostumbrados. Me dio tiempo a explicarle todo lo que sabía sobre aquellos pájaros del frío.

Un recuerdo tal vez inolvidable para mi pequeña, que ahora sabe al menos que hay pájaros de invierno y pájaros de verano.


Foto: Juan Aragonés


No pudo con nosotros la mañana gélida y el vientecillo que acartonaba las orejas e inmovilizaba todo tipo de apéndices. ¡Qué queremos, si estamos en febrero!. El gusanillo que tienen algunos ornitólogos que gustan de participar en los maratones puede con todo: el madrugón, el frío y si me apuras, hasta el hambre, aunque tampoco hay que pasarse.

Aquel día apareció todo lo que tenía que aparecer. Los bichos se portaron, aunque más de uno se quedó sin ver algunos de los pájaros más viles de la ZEPA. Es lo que tiene esto de la observación de aves.

Al final ganó el equipo autodenominado “ganga”, el de Floren, Trini y David, auténticos birdwatching que tienen recogidos en sus cuadernos de campo todo emplumando que se digne a sobrevolar la provincia de Córdoba. Como debe ser.

Enhorabuena a todos.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Ornitología en el Alto Guadiato


Para ir calentando el ambiente del Maratón Ornitológico del próximo sábado, os diré que esta semana he estado por allí y en una sola mañana he visto tantas especies como… bueno, mejor, dejar la incógnita.

Los grupos de aláudidos son espectaculares en algunos sitios, dignos de ver y de disfrutar un buen rato con ellos. De las grullas, mejor no decir nada porque es imposible no verlas aunque las lentes de los prismáticos estén llenas de fango.

Varias especies de rapaces están pasando el invierno allí, así que será fácil descubrirlas. Junto a las habituales, he tenido la ocasión de descubrir una que hasta la fecha había pasado inadvertida a la nerviosa, y a la vez paciente, observación de mis anteojos. Habrá que descubrirla. ¿Cuál será?.





lunes, 6 de febrero de 2012

La humanización de los pájaros

Quién me iba a decir que los Sotos de la Albolafia, por cuya declaración como espacio natural protegido peleamos en la extinta GODESA, se iba a convertir en un comedero de patos. Las inmediaciones del molino de San Antonio, o aula de la naturaleza en periodo de hibernación, es un lugar muy frecuentado por todo tipo de gente que se acerca al río a ver y dar de comer a los patos. Tal vez sea la metodología de educación ambiental más efectiva que pudiéramos imaginar. La realidad, de nuevo, ha superado todo tipo de planificación y proyección educativa de las no pocas que se han escrito en torno a este espacio fluvial.

El comedero de patos de la Calahorra concentra bastantes ejemplares de ánade real, una especie que en su estado natural, como éste, no es especialmente tolerante a la presencia humana. No es el caso de los patos domésticos, que también llaman la atención, probablemente por su enorme tamaño. Estos animales, que cada vez más son numerosos, están sobrando de ese espacio y tal vez faltando de su lugar de origen, supongo que el zoo.

En todo caso, lo de los patos azulones es relativamente frecuente en muchos otros lugares. Cuando se confían y se les respeta, llegan a perder su timidez que les protege, y se lanzan a la pelea por migajones de pan, pipas y gusanitos, que amablemente lanzan progenitores y abuelos.

Lo que no es tan frecuente es observar junto a la marabunta de patos algunas otras especies como el andarríos chico. Este fin de semana lo he estado viendo a mis pies, como jamás lo he hecho antes. Para el resto de parroquianos, este incesante movedor de cola pasa completamente desapercibido, nadie le echa cuentas. Algunos llegan a insultarle, llamándole “gorrión gordo”. Pero es un andarríos chico, un pájaro que en cuanto lo sorprendes emprende un fugaz vuelo que apenas te deja tiempo para identificarlo.

No exagero cuando digo que se puede fotografiar con el móvil, así que, mis queridos amigos fotógrafos, podéis reventar vuestras Nikon-Canon en ese punto de encuentro en el que se ha convertido la pasarela de la Calahorra. Ahora bien, mucho cuidado con el enfoque, es fácil destrozar la imagen con un trozo de pato blanco.

Curso de Ornitología


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