De qué va esto

cuentos de pájaros


lunes, 30 de abril de 2012

El escribano hortelano y los tres mosqueteros


Llevaban varios días advirtiéndolo, aquel fin de semana prometía una generosidad robada al líquido elemento durante toda la primavera. Y al fin acertaron. Un amanecer húmedo que en absoluto nos hurtó la ilusión, que nos dirigía, esta vez, a nuestro meridional destino provinciano. El empeño compartido por conocer más y mejor las carracas cordobesas nos llevó a tierras de campiña, donde el río Guadajoz marca la diferencia. Allí, Athos Floren, Porthos David y Aramis Leiva nos dispusimos a plantarle cara a la plúmbea atmósfera, que nos la tenía jurada.

El céfiro no demasiado apacible y las gotitas que dulcemente se dejaban caer por aquellos campos, parecían domesticar a la comunidad de plumíferos que, en contra de las previsiones, no quiso pasar desaparecibida. Los fringílidos y alaudidos estaban donde tenían que estar, y las aves de presa propias de aquellos campos no dudaron en ningún momento en hacerse visibles.

Tal vez una primavera un tanto alocada explica los frecuentes y nada despreciables bandos de terreras comunes y lavanderas boyeras, como también el siempre feliz hallazgo de tarabillas norteñas y bisbitas campestres. Pero fue en las huertas de la Ucubi romana, localidad natal de los ancestros familiares del emperador Marco Aurelio, donde todo sucedió. Arrastrando los enfangados neumáticos de la máquina expendedora de humo que nos proporcionaba refugio y calor, nos topamos con ellos. El futuro estaba escrito.

Fue ese día y no otro cuando el destino quiso que los tres birdwatchers se enfrentaran por primera vez en sus vidas a la presencia inconfundible del escribano hortelano. Un par de dos, macho y hembra para más gozo, comiendo casi ajenos a la presencia de tres absortos ejemplares de esa subespecie humana que se caracteriza por incorporar unos prismáticos al cuello. Dos hortelanos, dos, como los toros, disputando diminutas semillas con las terreras, que ese día quisieron dominar la jornada. Dos escribanos que no quisieron separarse más de diez metros, tal vez adivinando nuestros amistosos fines.

Y ante aquellos pajarillos de mojadas plumas, el recuerdo canalla de la última cena de François Miterrand, cuando ocho días antes de su muerte, el ex presidente francés engullió dos escribanos hortelanos a cara de perro. Aquel 31 de diciembre de 1995 reunió por última vez a un grupo de amigos para su despedida, y para ello seleccionó los mejores platos de la cocina nacional gabacha: ostras de Marennes, foie gras de las Landas, capón asado y escribano hortelano.

La tradición de los furtivos galos incluye la captura con red de estas aves. Las enjaulan y ceban como ocas, engordándolas sobremanera. Después sumergen al pájaro en un vaso de armañac o coñac, ahogándolo, para de esta manera dotar a su carne de un peculiar sabor. A continuación lo despluman y asan al horno, presentándolo crujiente dentro de una patata asada.

Los macabros pensamientos de tan refinada cultura contrastaban con aquella visión única. Y así, como los tres mosqueteros, hubiéramos querido siquiera arañar los cuellos de tan distinguidos comensales para hacer justicia a los miles de infelices escribanos que a lo largo de la historia han sido sacrificados para dar gusto, nunca mejor dicho, al selecto paladar francés.

La jornada mereció, y mucho, la pena, a pesar de la privación de carracas y del intento del suelo campiñés por dejarnos incorporados a él por varias horas. No se salió con la suya… aunque por poco.

Dibujo: pajaricos.es

martes, 24 de abril de 2012

¿Dónde vas gorrión?

Hasta los gorriones nos abandonan. No es novedosa la noticia de la desaparición progresiva del gorrión común en nuestro país, pero no por ello hay que olvidarla. En los primeros años de la década de 2000, ornitólogos de varios países europeos habían constatado unos descensos poblaciones graves, llegando a certificar su práctica desaparición en varias capitales del viejo continente, como Londres o Praga, y problemas muy graves en Dublín, Edimburgo y Dublín. 

La SEO ya constató en la Comunidad de Madrid una disminución de 14.000 gorriones al año, y la RSPB nada menos que cinco millones de parejas en los últimos 30 años.


(Dibujo tomado de internet. Desconozco al autor,
a pesar de lo cual le doy las gracias)

Causas inequívocas no existen aunque sí se han apuntado varios factores que en conjunto pueden explicar tan llamativa situación. Los nuevos modelos de jardinería y de edificación, la fuerte competencia con las palomas, la escasez de insectos, la despoblación rural, el cambio climático y la contaminación electromagnética producida por las antenas de telefonía móvil son, entre otras, algunas de las que se han anotado por diversos ornitólogos.

De todo esto se desprende la advertencia de la rapidez en los procesos de extinción, por el momento local, de las especies, incluyendo las más abundantes como es la que aquí nos ocupa. Por otra parte, sirva este ejemplo como bioindicador de la mala salud del ambiente en el que vivimos en teórica armonía con los gorriones.

Habrá que estar atentos a este tema y no despreciar nunca una observación de gorriones porque puede ser que mañana se convierta en un lujo. Estaremos acabados cuando tengamos que organizar una campaña de protección y conservación de Passer domesticus.

Espero no verlo nunca.

lunes, 9 de abril de 2012

El señor Rui

Como cada tarde, a la vuelta del trabajo paso irremediablemente por el puente de San Rafael, y allí es imposible evitar sacar el pescuezo por la barandilla cementada para ver y oír. Aunque de esto último poco porque el tráfico, que a esas horas está igual de imposible que en otras, domina el paisaje sonoro. Pero hoy he asistido a un duelo insólito que me lleva a escribir estas líneas. 

Mientras el estrepitoso y llamativo sonido de una ambulancia, que curiosamente divagaba como si no tuviera prisa, destrozaba lo poco que me queda de oído, abajo, a pie de orilla, un ruiseñor común cantaba desafiante.

El combate estaba servido. Arriba, la nerviosa sirena, abajo, algo más de 16 centímetros de carne chillando desconsoladamente a la búsqueda de compañía. Los dos tenían cuerda para rato, la primera aguantando hasta el sucumbir de la batería, y el segundo dispuesto a trinar día y noche defendiendo su efímero espacio vital. Los viandantes, como siempre, caminando ajenos al espectáculo de la naturaleza.

Por suerte, el sanatorio andante se abrió paso entre la marabunta de chatarra y me dejó, al fin, a solas con el ruiseñor, que junto al Guadalquivir se empeñaba en alegrarme la tarde. Al menos eso creo yo.