De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


miércoles, 28 de noviembre de 2012

El idioma de los pájaros

Dibujo tomado de la web "Aves de Sierra Morena"

Como cada miércoles, Maikel acudía a su rincón, manteniendo siempre el mismo comportamiento protocolario. Su excesivo orden con frecuencia le llevaba al nerviosismo, de manera que cualquier imprevisto, por insignificante que fuera, hacía mella en su régimen autodisciplinario. Un sufrimiento tan barato como inútil, que pasó a convertirse en lujo el día que se animó, por fin, a ir a un terapeuta.

Incomprensiblemente aquel día se le olvidó poner a cargar el mp4, así que no pudo registrar ni un solo sonido. Hacía varios meses que había iniciado una nueva línea de investigación, con la que quería saber qué dicen los pájaros cuando cantan. Y como la Ley de Murphy es la que siempre se cumple, aquella tarde oyó un inédito reclamo que no pudo grabar.

Al alba del día siguiente ya estaba en su perturbadora silla, al acecho de aquel sonido generado por un cuerpo desconocido. Con paciencia todo se consigue, y él había demostrado tenerla. Así que a media mañana trincó al pajarillo emisor del flamante trino que, sin dificultad, pudo registrar en su mp4, esta vez sí, rebosante de energía.

Resultó ser un vil petirrojo, que desde finales de septiembre había tomado posesión de aquella parte del soto fluvial. Maikel lo vio, desde luego, en numerosas ocasiones; incluso pudo utilizarlo como experimento al reproducir con un altavoz su propio sonido. El territorial animalillo se iba desgañitar contestándose a sí mismo. Pobre bicho y pobre Maikel, que nunca llegó a ultimar sus pretensiones. Un sueño nunca realizado, otro más, el de incluir en el Google Traductor el idioma de los pájaros.

¿Alguien se atreve?

domingo, 25 de noviembre de 2012

La gorriona feliz


Elsa era un gorrión moruno con una marcada crisis de identidad, aunque ella no lo sabía. Era bien conocida por su ligereza de plumas; digamos que se había convertido en la cortesana de la colonia, enclavada exactamente en plena raya geográfica que divide el artificio extremeño y andaluz.

A simple vista, Elsa era una más de la poblada comunidad de gorriones que desde antaño se habían instalado en los fresnos más viejos y hermosos del río Zújar. Efectivamente, aquella colonia de morunos era la más numerosa del lugar, siempre a la gresca con los comúnmente conocidos como gorriones, atrincherados en la cortijada más próxima.

Las gorrionas de uno y otro lado tenían claro con quien ennoviarse. Elsa no. Le gustaban los más morenitos, pero también se excitaba con la palidez de sus parientes domésticos. Sus devaneos con unos y otros la colocaron en el punto de mira de sus competidoras. Era la más odiada de todas las de su género. No así por los barones, que además sabían que su conocida esterilidad les salvaba de tener que apechugar con la crianza de nuevos gurriatos.

Elsa era una pájara dichosa, siempre estaba acompañada de quien ella quería; su asumida frustrada maternidad la llevaba a jugar en sus ratos de descanso carnal con los más jóvenes. Sus rivales jamás le decían ni pío, pero ella ni siquiera reparaba en ello; su ignorancia le impedía siquiera pensar en que las demás le tuvieran manía.

La moruna se consideraba una gorriona feliz, y lo era, pero no por sus flirteos, como creía, sino por su ignorancia. Como todos.


Foto tomada de la web Enciclopedia virtual
de los vertebrados españoles

martes, 20 de noviembre de 2012

Ornitólogos con mala sombra


Erwan era un ornitólogo con clase, pertenecía a esa casta de camperos hechos a sí mismos que habían alcanzado el siempre difícil reconocimiento público. Y no era para menos. Se había convertido en el único naturalista del mundo capaz de censar aves contando las sombras de los pájaros. Cormoranes, cigüeñas, buitres, gaviotas… pero su especialidad siempre fueron las ardeidas. Sin prismáticos ni telescopio, con tan sólo una libretilla y un lápiz las más de las veces roído, era capaz de computar con exactitud distinguiendo entre los rastros penumbrosos a garcillas, martinetes y garzas.

La primera vez que publicó tan particular metodología de censo tuvo que aguantar ignominias, comentarios burlescos y toda suerte de insultos, apelando a una neurosis incurable del susodicho. Erwan se había preparado anímicamente para ello, sabía con quien se jugaba los cuartos, así que volvió a insistir, esta vez retando a censadores oficiales, avezados científicos, sobrados ornitólogos y al mismísimo presidente de la sociedad ornitológica del país.

- Estoy encantado de acompañar a quien lo desee. Censaremos las garzas de cualquier lugar, colonias grandes, pequeñas o medianas. A gusto del retador.

Con exactitud milimétrica, los resultados asombraron a los más agnósticos en la cuestión, que de esta forma validaron y rendieron pleitesía a la nueva leyenda de la ornitología patria. Erwan, de marcado humor tarantinoide y montypythoniano de pro, gustaba de asistir a los congresos internacionales de pajareros. Allí se sentaba en un apartado rincón desde el que, aparentemente abstraído, observaba las penumbras de los asistentes. En pocos minutos advirtió lo que siempre había intuido: había personas con mala sombra y no pocas sin sombra, incluidas algunas de admitido prestigio.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El de la cola roja


Nuestra ciudad se está volviendo en las últimas semanas un poquito más roja. Afortunadamente, añado. Un paseo en condiciones, y no con la abstracción visual a la que estamos acostumbrados cuando nos desplazamos intracity, aliñado con cierta motivación a la observación, nos descubrirá, sin duda, a los otros. Y no hablo de fantasmagóricos espectros sino de conciudadanos de orgullosa pluma.

No todo son palomas, las más de las veces repudiadas por el gentío. Estas ratas con alas, como he llegado a oír y leer, conviven con cada vez más gente de su calaña. A los cernícalos, grajillas, gorriones, vencejos y aviones, hay que unir ahora a los colirrojos tizones, que empiezan a visitarnos allá por el mes de octubre. Parece que se van quedando cada vez más entre nosotros para pasar los meses más gélidos. Así que no es de extrañar ver en los roquedos eclesiásticos a estos inquietantes pajarillos, con su inconfundible tic nervioso en el pataje.

Colirrojos y colirrojas (que no se diga) alegran nuestros paseos por la urbe, lástima que al común de la muchedumbre pasen desapercibidos unos y otras. No saben lo que se pierden.