De qué va esto

cuentos de pájaros


martes, 30 de abril de 2013

Un zanguango de collalba negra



Axel es un macho de collalba negra, oscuro, fuerte y de vuelo ágil. Se puede decir que es el clásico animal de costumbres, del bebedero a tomar el sol en una piedra, revolotear un poco para estirar las alas, pavonearse ante las hembras del lugar y, de nuevo, al bebedero. La bebida siempre ha sido su perdición. En los meses en los que se altera la sangre del más inerte, nuestro amigo dedica todo el día sólo a beber y a exhibirse. Mientras, el resto de machos de la zona no paran de acarrear piedras delante de sus parejas. Axel los mira y se ríe de ellos, ¿pero qué hacéis ingenuos, acaso os creéis canteros? Nadie contesta al conocido perdonavidas, claro, no hay tiempo que perder escuchando majaderías.

Nuestra particular collalba pensaba que todos están locos con tanta piedrecita. Lo que no sabe es que aquellos machos que llevan más piedras tienen más descendencia, por eso él logra a duras penas sacar un pollo cada año. Como buen incrédulo y mejor altanero, se ríe de todos los de su comunidad, prefiriendo, cómo no, dedicar su vida a los brebajes y al lucimiento de su cuerpo. ¡Para qué perder el tiempo con estupideces! decía a los parroquianos del abrevadero.

Pues acabó la época de crianza, y de nuevo tuvo un solo hijo, al que la genética, por desgracia, le impuso la forma de ser de su padre. Mientras, las demás parejitas lograron sacar adelante, cada una, a cinco nuevas collalbas negras. ¿Por las piedrecitas tal vez? pues sí, entre otras cosas, pero para eso hay que currárselo.

¡BUEN DÍA DEL TRABAJO!

lunes, 29 de abril de 2013

Un estrepitoso fracaso



El doctor Wooldrook llegó un poco mareado. El viaje en avión le resultó bastante largo y tortuoso, y el aterrizaje, aderezado por un fuerte viento del este, acrecentó la sensación de nausea contenida. En el aeropuerto estaba esperándole el joven profesor de la universidad en la que el mayor experto mundial en ornitología iba a impartir la tan esperada conferencia. A la mañana siguiente todo estaba preparado en el salón de actos, megafonía, traducción simultánea, equipo audiovisual y todo el protocolo funcionando. Durante un mes, el equipo de comunicación de la universidad se había encargado de dar a conocer la convocatoria del acto, resaltando, para los ajenos a la materia, el papel de eminencia mundial del conferenciante.

No podía fallar, pues, el afamado ornitólogo, y no lo hizo. Allí estaba clavado el día señalado y a la hora convenida. Tras el recibimiento por el rector, el decano de la facultad y todos los miembros del departamento de zoología, la comitiva procedió a entrar en el escenario en el que ocuparía la próxima hora y media. La primera fila de asientos estaba copada por todo los mandamases de la universidad, y el resto del extraordinario salón de actos se encontraba… prácticamente vacío. Ni siquiera asistieron todos los estudiantes de la asignatura de ornitología, ya de por sí minoritaria en alumnado. El catedrático del departamento sintió un intenso rubor en su rostro, que de inmediato se contagió al resto de compañeros y súbditos. No tuvieron la previsión de hacer el típico llamamiento obligatorio para los estudiantes de otras asignaturas, que al menos garantizara un numeroso grupo de bultos con ojos y oídos.

El afamado doctor impartió, como siempre, una conferencia magistral, en la que avanzó algunos de los últimos hallazgos ornitológicos en la Antártida, y adelantando cómo será la ornitología del futuro. Todo un lujo. Sin embargo, Wooldrook, acostumbrado a escenarios abarrotados, demostró su categoría y no dijo ninguna palabra a los organizadores sobre la pírrica asistencia. Cogió su avión de regreso a las antípodas y se prometió, en el silencio que  le dejaban los motores, no regresar jamás a una universidad con tan poco interés en el conocimiento.



PD: ¿Te suena?

miércoles, 24 de abril de 2013

Se equivocó la gaviota



Milton llegó a convertirse en un individuo odiado en su comunidad. Todo el mundo le daba de lado en cualquier reunión, incluso en los banquetes comunales que frecuentaba a diario. Pero no siempre fue así, de hecho cuando era más joven gozaba de la simpatía de propios y extraños; tenía una habilidad innata para caer simpático, y siempre estaba rodeado de amigos.

Nadie sabe a qué se debió ese cambio de actitud, pero el caso es que un día empezó a reírse con descaro de todos cuantos se cruzaban en su camino. Se convirtió en el típico personaje que se recrea con las desgracias ajenas, con lo que no pocas veces se vio envuelto en peleas. Milton siempre decía que no podía evitarlo, que le salía sin querer y que, por supuesto, no era consciente de que con sus desbocadas risas hacía daño a los demás. La verdad, no era precisamente un ejemplo de empatía y asertividad.

Decidido a superar esa sombra en su carácter, acudió a un reconocido psicólogo, quien sin apenas dificultad dio con la tecla. El diagnóstico fue claro: el individuo en cuestión no sabía en realidad quien era. Bien es cierto que eso nos pasa a más de uno, aunque no seamos conscientes, pero en este particular caso el dictamen era tajante: Milton era una gaviota reidora que vivía entre gaviotas sombrías. Ahora todo encajaba, estaba viviendo en el lugar equivocado, con gente que no le entendía.

Desde ese momento su vida se transformó por completo. Buscó en ríos y vertederos a sus semejantes hasta que dio con ellos. Allí pudo comprobar cómo todas las gaviotas se reían de las demás, y a ninguna le sentaba mal. 

Y es que hay que buscar tu sitio en la vida.

lunes, 22 de abril de 2013

El primer pájaro



Wolfrang vivía en la localidad de Eichstätt, estado de Baviera,  Alemania, a medio camino entre Nuremberg y Munich. Nuestro amigo acababa de posarse en el tronco de un enorme abeto; llegó  bastante cansado después de estar planeando un buen rato, esquivando árboles a la caza y captura de cualquier pequeño animalillo con el que satisfacer su rugiente estómago.

Su incipiente habilidad para el vuelo le permitía, no sin algún susto, escapar de sus enemigos, que no eran pocos. Así que haciendo gala de su adquisición plumífera, se daba el gustazo de visitar los verdes y densos bosques del centro de Europa; aunque a decir verdad tampoco es que fuera un gran volador, por lo que cada cierto tiempo tenía que posarse en alguna rama o tronco de árbol. Su enorme cola le garantizaba una buena navegación aérea, aunque a la hora de posarse se convertía en un auténtico estorbo; las más de las veces tropezaba con el follaje, perdiendo el equilibrio y cayendo a plomo al suelo.

No es que Wolfang fuera especialmente torpe, no es eso, es que aún no estaba muy acostumbrado al manejo de su propio cuerpo. Hay que decir a su favor que llevaba poco tiempo ejercitándose como pájaro, y quiera o no, hay que vencer el miedo a la altura, a esquivar árboles y acostumbrarse a la inestabilidad que proporciona el viento. En fin, una serie de dificultades inherentes al ejercicio del vuelo.

Sucedió en un día de invierno, amaneció lluvioso, con agua de poca entidad por la mañana, aunque a medida que iba avanzando la jornada la lluvia se hacía más intensa. Wolfrang llevaba mucho tiempo sin pegar bocado, así que estaba desfallecido. Necesitaba comer algo sin falta, de manera que a pesar de todo se aventuró a cazar. Abrió sus largas alas y con su pronunciado timón empezó a recorrer el bosque en el que vivía. Lo conocía muy bien, pero el agua caía con maldad y no era nada fácil localizar una presa y mucho menos mantenerse a flote. Apenas podía ver con la lluvia y sus plumas empezaron a sucumbir ante la fuerza del líquido elemento.

Estaba cantado. Nuestro amigo cayó irremediablemente en un fangal en el que quedó incrustado. Con el paso del tiempo sus restos quedaron cubiertos de barro y tierra. 145 millones de años después, en 1861, lo descubrieron en los conocidos yacimientos de Solnhofen.

Wolfang era el último arqueoptérix. Con él se perdió una especie para siempre.


¡FELIZ DÍA DE LA TIERRA!

viernes, 19 de abril de 2013

Recuerdos de un alzacola



Aún recuerdo cuando estudiaba en la terraza, rodeado de macetas, con los apuntes en el suelo y los prismáticos SuperZenith 20x50 a mi vera. Enfrente, un descampado que hacía la más de las veces de improvisado campo de fútbol para la chavalería. Al lado, el río Guadalquivir en lo que hoy se llama los Sotos de la Albolafia. En aquellos años las garcillas bueyeras estaban recién llegadas; lo hicieron en 1982, exactamente 18 ejemplares. Fue un descubrimiento ver unos pájaros que sólo se conocían por la tele, siempre a lomos de los grandes mamíferos africanos.

El pequeño descampado fue una escuela de aprendizaje para el aspirante a ornitólogo. Allí se reunían gorriones, fringílidos, mosquiteros, golondrinas y aviones que descendían con la intención de trincar algún insecto. La guía de Peter Hayman era en aquellos años casi la biblia, sus diminutos pero bellos dibujos facilitaban la gratificante labor de identificación. Esa sí era una verdadera guía de bolsillo, cómplice silenciosa ante el hallazgo de lo desconocido. Con su ayuda se reveló la identidad de uno de los pájaros que frecuentaban aquel vacío urbano, el alzacola. Nunca supe si tuvo la osadía de criar allí, lo dudo, pero el caso es que se erigió en uno de los habituales de la llanura, siempre correteando entre la silvestría de malvas y jaramagos.

Con la conversión de tan productivo paraje en bloques de pisos desapareció todo atisbo de vida, y con ellos nuestro feliz hallazgo. Con el paso del tiempo nunca he vuelto a ver a este animal harto interesante, hoy día amenazado, que tal vez espera el reconocimiento que bien se merece.

¡Larga vida al alzacola!

Dibujo tomado de internet