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cuentos de pájaros... o no


lunes, 28 de octubre de 2013

El trauma de los capiblancos


Torcuato tenía un trauma. Así, como suena, con cacofonía y todo. Para qué ocultarlo más. No podía ver nada que fuera rectilíneo y mucho menos zigzagueante. Le aterrorizaba.

De pequeño saltó del nido a una edad muy temprana; aún no había emplumado su cuerpo cuando algo lo impulsó a tirarse al suelo. Con el tiempo descubrió que se trataba de una simple cuestión de genes; todos los mirlos capiblancos hacían lo mismo desde que existían como especie.

Cayó debajo del majuelo en el que sus padres tuvieron a bien construir tan particular paritorio, y allí empezó a buscarse la vida, alimentándose de pequeños animalillos y de algún que otro fruto. Sentía predilección por las lombrices; descubrirlas bajo el subsuelo y merendárselas era su actividad favorita.

Hasta que un día se encontró con una de enormes dimensiones, jamás registrada antes por sus retinas; se trataba, en realidad, de una joven culebra de herradura, agresiva como todas ellas, que, sin pensárselo, lo agarró por el cuello con saña.

Los atentos padres acudieron de inmediato al desesperante chillido de Torcuato, que permaneció inmóvil durante varias horas. En ese tiempo pudo ver la luz al final del túnel y recrearse con los mejores momentos de su vida. Los pocos que da tener 11 días de edad.


foto tomada de la web de SEO-Alicante


miércoles, 2 de octubre de 2013

Ni collalba ni rubia

Enante siempre se creyó un machote de pluma en pecho. Lo de pluma siempre le mosqueó, pero no podía hacer nada. Realmente lo que le molestaba era su pertenencia al reino de las collalbas rubias. Sí, collalbas y no collalbos. Así que por muy viril que se sintiera, y él se encargaba de demostrarlo a la más mínima oportunidad, nunca dejaría de ser una collalba.

Acabado el trabajoso periodo de cría de polluelos, ya en las puertas del otoño, Enante y los suyos aguardaban la llegada de sus parientes del norte. Fatigadas, tras una tunda de cientos de kilómetros, numerosas collalbas siempre paran para descansar durante algunos días en las llanuras esteparias de aquel trozo de tierra, mitad andaluza, mitad extremeña. Su septentrional origen no pueden disimularlo; su perfecta pronunciación de ces y zetas contrastan con el seseo local, arraigado con el paso del tiempo.

Enante siempre aprovechaba esos momentos para reunir a los suyos y debatir la posibilidad de cambiarse el nombre. ¡¡Collalbas grises, rubias, negras, joder que todos parecemos señoritas!!, se dirigía a la plebe con su voz varonil. Debatieron, sí, al menos consiguió que recapacitaran. Y se estudió su propuesta.

El consejo de sabios, digo, sabias, apuradas por la imperiosa necesidad de migrar, se apresuró en su dictamen, y al quinto día llegó a un acuerdo unánime. Dejaremos de llamarnos collalbas, sentenciaron, a partir de hoy nos conocerán simplemente por las rubias.

Enante fue linchado al instante por todos los presentes que, como él, hacían gala de su masculinidad.

Dibujo de Juan Varela tomado de internet