De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


lunes, 21 de abril de 2014

Una aventura asturiana

La paz de la noche sirvió para reconfortar el espíritu y recomponer el cuerpo. El viaje había sido muy largo, y al instante de tomar posesión de nuestro efímero hogar, los organismos se desplomaron. A la mañana siguiente un infrecuente sol se coló por la rendija de la ventana. No había tiempo que perder, fuera aguardaban no pocos pájaros esperando ser anotados en los cuadernos de campo. Y mientras, el frescor de la sierra entró casi sin darnos cuenta a purificar los pulmones, acaso vencidos por los humos invisibles de la urbe.

Buenos días, caballero, me dijo una voz poco varonil. Miré hacia abajo y no había nada, me incorporé en la ventana suspendiendo medio cuerpo: a mi derecha nadie, y a la izquierda tan sólo aparecía la cubierta del vecino. No le di importancia alguna. 

La excitación me llevó a colocarme ya, con pijama y todo, los prismáticos para echar la primera ojeada del día al desconocido paisaje asturiano. Al fondo, un par de cornejas se gritaban y un tempranero alimoche volaba a ras de los tejados.

Buenos días, señor, insistió la voz, pero ningún sujeto se hacía responsable de la misma. Miré, esta vez con mayor atención, y sólo observé un colirrojo real en el tejado colindante. Me miraba, y yo a él. Despacio, para no asustarlo, incorporé mis prismáticos para disfrutar de un primer plano. Por qué me miras, dijo con curiosidad. No me lo podía creer, el animal estaba hablándome. Al rato estábamos charlando como si fuera lo más normal. Hablamos del tiempo, de los lugares por los que había viajado, de la montaña cantábrica, y me indicó muy amablemente por dónde caminar para ver a todos los pájaros que estábamos buscando. Todos salvo uno.

Tal vez por eso nos quedamos sin ver, en una nueva ocasión, al treparriscos, objetivo último de la excursión. Otra vez será.


[El verdadero protagonista del cuento. Todas las mañanas
nos visitaba junto a nuestra ventana, y ciertamente
nos hablaba... a su manera]

jueves, 10 de abril de 2014

Las últimas grullas

- ¿Se puede saber dónde me llevas ahora?
- Pues no, es una sorpresa, le respondió Jonathan reservándose una información privilegiada: estaba perdido.

Llevaban varios días dando vueltas alrededor del lugar en el que habían pasado los meses fríos en compañía del resto del grupo. Pero se despistaron. Fue una tarde cuando el Jonathan y la Jenny se escaqueraron de los demás para hacer de las suyas. Era invierno y hacía frío, y aunque aún no era la época… era invierno y hacía frío.

Y se perdieron de verdad. Al regresar junto a los demás varios días después observaron, con asombro, que allí no quedaba nadie. Los dos eran aún muy jóvenes y necesitaban de alguna experimentada grulla para saber por dónde debían regresar hacia su Noruega natal.

No te preocupes, Jenny, que yo controlo. Levantaron el vuelo y empezaron a otear el infinito a la búsqueda de alguna silueta similar a la suya, pero nada. Resolvió quedarse algunos días más con la esperanza de que por allí pasara algún grupo más sureño con el que poder acoplarse. Una semana, dos semanas, y allí no volaba nadie.

Al fin se decidió. Vámonos, Jenny, que ya está empezando a hacer calor. Los dos jóvenes arrancaron el vuelo, tomaron altura y como pudieron se acoplaron a un bando de cigüeñas negras. Estaban salvados. O al menos eso creyeron; las oscuras zancudas volaban hacia su Extremadura del alma.


[Tomado de la web de SEO/BirdLife]



PD. El domingo 6 de abril, un día de calor cordobés, vi dos despistadas grullas volando, acaso desorientadas, cerca del Peñón de Peñarroya.

miércoles, 9 de abril de 2014

Un abejero muy despistado

Me canso, a ver, qué quieres que te diga. Esto de haber nacido un bicho migratorio es un coñazo. Mira tú que bien viven las águilas perdiceras, siempre pegadas a su cacho de roca, o los vulgares cernícalos, dueños y señores del cortijo. Yo en cambio tengo que encajar todos los años hasta el Congo y después regresar a mi casa asturiana. Y no lo entiendo.

Estoy bien en Asturias, me gusta su clima, aunque llueve más de lo que me gustaría. La gente nos respeta. Me entretiene mirar a los osos haciendo de las suyas, oír a los urogallos en el fondo del bosque, y ver alguna despistada gaviota que se ha colado tierra adentro más de lo normal. La vida es aquí apacible.

Pero no puedo con la impaciencia. A nada que los jóvenes abejeros pueden volar, toda la comunidad se organiza para salir pitando hacia el sur. ¡Qué prisas! Yo nunca tengo ganas de irme, de pegarme un palizón inútil. Cuando recorro Iberia veo a gente como yo sin la más mínima intención de moverse de su casa, y claro, entro en crisis. Me da la depre y mis compañeros vuelven a darme de lado; se vuelven irascibles y de repente les entra esa manía suya de decirme busardo.


[Dibujos tomados de la web de SEO/BirdLife]

martes, 8 de abril de 2014

De chorlitejos y otras guarrerías

Nena, ven acá p’acá, le dijo el chorlitejo a la chorliteja mientras corría, cardíaco, detrás de ella. Hacía calor, y además era el segundo día de primavera que lució como tal. Tal vez por mor de la sangre alterada o simplemente porque ya toca, el machote se estaba dejando las plumas pectorales en un combate sólo visual con el otro chuli de la orilla. Arriba, la gente paseando o corriendo, completamente ausente del combate a pecho descubierto que se estaba librando en el fangal del embarcadero.

El despliegue a lo pecholobo parecía no surtir efecto en la digna chorliteja que, lejos de caer al arte de la seducción, más bien quería salir de allí, a la búsqueda de otro fango menos tumultuoso. O tal vez no. De hecho, allí permaneció simulando comer y alejándose la distancia justa para excitar aún más a los dos combatientes, perdón, chorlitejos.

No sé cómo acabaría aquel combate-orgía. Me perdí el final, en pleno acaloramiento. Unos cuantos tarajes solo me dejaron entrever las últimas escenas subidas de tono a lo canal plus. Puse los prismáticos de lado, pero no hubo forma.

[Dibujo tomado de la web ojeailustraciones.wordpress.com,
a quien le doy las gracias

lunes, 7 de abril de 2014

Carricerín común: Big Year, Big Life

Esta tarde ya. Las posibilidades de ver algo son pocas. El sol ha salido hoy como si de julio se tratara, con muy mala leche. La única posibilidad de registrar algo es mirar por alguna zona húmeda. Al lado del pozo Antolín hay varias charcas; es una buena opción.

Allá nos encaminamos los dos pajareros con dos infantes ávidos de serlo, advertidos, de antemano, que el silencio debe ser imperativo en una nueva ocasión. Los primeros carrizos nos descubren la bastardez hecha sonido. Es lo normal. Cuatro pasos más adelante una focha surge entre los carrizos. Seguimos perimetrando. Nos detenemos; escudriñamos el humedal con la vista y con el oído. Nada. Noventa grados a la izquierda tomamos la Vía Verde de la Maquinilla, dirección Belmez. Ahí, el frágil carrizo delata la presencia de alguien; un canto reiterativo lo confirma.

Silencio, niños, ahí abajo hay un bicho. Contagiados por los nervios, los aprendices no paran de moverse. Cualquier ser perteneciente al impenetrable mundo de las ciénagas puede aparecer de un momento a otro. Pasa el tiempo, el sonido continúa allí mismo, a nuestros pies, pero sin dueño conocido.

Las posibilidades no son pocas en estas fechas, en pleno paso migratorio es fácil toparse con cualquier infrecuente criatura. Es el caso. Al fin, un carricerín común apareció, una, dos, tres y cuatro veces. Nuestra paciencia venció la partida al pequeño portador de llamativa ceja.


Tomada de la web de SEO